Por: Yasher Bolívar Pérez
A los 41 años, cuando la mayoría de las leyendas ya son parte del recuerdo, LeBron James sigue siendo presente y, más aún, factor determinante en la NBA. El alero de Los Ángeles Lakers no solo mantiene un nivel competitivo, sino que ha elevado sus números hasta superar los registros que firmó una década atrás, en plena etapa dorada con Miami Heat. Puntos, rebotes, asistencias y porcentajes reflejan una paradoja deportiva: el paso del tiempo no lo desgasta, lo afina.
Este rendimiento no es fruto del azar. James ha convertido el cuidado físico y mental en una rutina casi científica, donde cada detalle —desde la recuperación en frío hasta el descanso programado y la preparación previa a los partidos— forma parte de una disciplina sostenida durante más de dos décadas. El resultado es un jugador que, incluso en noches exigentes y calendarios apretados, continúa liderando a su equipo y respondiendo en los momentos decisivos, ahora acompañado por un Luka Doncic que marca el ritmo ofensivo de la temporada.
En su vigésimo tercer año en la liga, LeBron no solo persigue victorias: persigue significado. Máximo anotador histórico y uno de los grandes asistentes de todos los tiempos, su figura ya no se mide únicamente por títulos o estadísticas, sino por su capacidad de prolongar la excelencia cuando el reloj parecía sentenciar el final. Con su futuro contractual aún por decidir, la pregunta no es cuánto más puede jugar, sino hasta dónde puede seguir empujando los límites de lo posible en el baloncesto profesional.









