El Romelio Martínez no fue solo un estadio: fue una postal viva del Junior que ilusiona. Bajo las luces de la calle 72, el campeón regresó a su vieja casa y la llenó de fútbol, goles y una hinchada que convirtió la noche en carnaval. El resultado lo dice todo: 3-0 sobre Boyacá Chicó en la fecha cinco del Apertura.
Desde el pitazo inicial, Junior dejó claro que no venía a tantear. La pelota fue rojiblanca, el ritmo también. Luis Fernando Muriel avisó temprano con un remate que exigió al arquero visitante y, minutos después, Jean Pestaña probó de cabeza, aunque el balón se fue alto. Era el anticipo de lo que vendría.
Con casi 9 mil hinchas en las tribunas, los tiburones se adueñaron del partido. Chicó resistía como podía, replegado y apostándole a sobrevivir. Emiliano Denis, su arquero, evitó una goleada temprana con atajadas clave, incluida una a Jermain Peña que llevaba sello de gol.
Pero tanta insistencia tuvo premio. Sobre el final del primer tiempo, una falta en el área —revisada en el VAR— terminó en penal y en expulsión para Jesús Campo. Con Chicó ya con diez, Muriel tomó la pelota y la mandó al fondo de la red para encender el Romelio.
El segundo tiempo fue de control y contundencia. Junior no se desesperó y golpeó cuando debía. Cristian Barrios puso el 2-0 tras una triangulación limpia con Muriel y Guillermo Paiva, reflejo de un equipo que juega con memoria y confianza.
Alfredo Arias movió el banco y le dio minutos a Teófilo Gutiérrez y Kevin Pérez, manteniendo la intensidad ofensiva. Y el cierre fue perfecto: al minuto 78, Joel Canchimbo, recién ingresado, se asoció con Dylan Villarreal, recibió una asistencia medida y definió para sentenciar la goleada.
El Romelio celebró como en los viejos tiempos. Junior sumó su tercera victoria consecutiva, llegó a nueve puntos y se metió quinto en la tabla. Más allá del resultado, quedó la sensación de un equipo sólido, alegre y con hambre. El campeón no solo gana: convence. Y cuando juega así, la ciudad vuelve a creer.








