El 2025 quedará registrado como uno de los años más complejos en la historia reciente de las relaciones entre Colombia y Estados Unidos. La llegada de Donald Trump nuevamente al centro del poder en Washington y la firme postura del presidente Gustavo Petro en defensa de la soberanía nacional marcaron un choque político que fue mucho más allá del discurso y terminó impactando la cooperación, el comercio y la seguridad regional.
Lejos de tratarse de un simple intercambio de mensajes o diferencias ideológicas aisladas, la confrontación se tradujo en decisiones concretas que alteraron una relación bilateral construida durante décadas sobre bases estratégicas, especialmente en materia antidrogas, militar y económica.
De socios estratégicos a aliados incómodos
Durante años, Colombia fue presentada como el principal aliado de Estados Unidos en América Latina. Sin embargo, en 2025 esa narrativa se resquebrajó. Trump endureció su discurso frente a Bogotá, señalando directamente al Gobierno Petro por el aumento de cultivos ilícitos y cuestionando su política de sustitución voluntaria.
El punto de quiebre llegó cuando la administración estadounidense incluyó a Colombia en la lista de países con bajo desempeño en la lucha contra las drogas, una decisión que activó alarmas diplomáticas y abrió la puerta a represalias económicas.
Ayudas congeladas y presión económica
En el segundo semestre del año, Washington suspendió más de 200 millones de dólares en ayudas, incluidos recursos de USAID y cooperación militar. La medida obligó al Gobierno colombiano a replantear programas clave de sustitución de cultivos y seguridad rural de cara a 2026.
A esto se sumó la imposición de un arancel base del 10 % a las exportaciones colombianas, que golpeó sectores sensibles como el café y las flores, afectando la competitividad y trasladando costos a productores y exportadores.
Analistas coinciden en que estas decisiones elevaron la percepción de riesgo país, encarecieron el financiamiento externo y retrasaron inversiones, en un momento de alta sensibilidad económica para Colombia.
Seguridad, migración y soberanía: el nudo central
Otro frente de tensión fue el enfoque de seguridad. Mientras Petro insiste en un modelo basado en la “paz total” y la reducción del enfoque militarista, Estados Unidos reforzó su presencia naval y su doctrina de control marítimo en la región, lo que generó incomodidad en Bogotá.
En paralelo, la política migratoria de Trump se convirtió en un instrumento de presión. El aumento de deportaciones y el endurecimiento de los acuerdos de retorno impactaron directamente a miles de colombianos y desbordaron la capacidad institucional del país para atenderlos.
La migración pasó de ser un tema humanitario a una ficha central en la negociación diplomática.
Venezuela y el dilema regional
La reactivación del cerco económico contra Venezuela, incluida la orden de bloqueo a buques petroleros en diciembre, colocó a Colombia en una posición incómoda. Mientras Petro defendió una salida negociada y regional al conflicto venezolano, Washington optó por profundizar las sanciones.
Este choque redujo el margen de maniobra de Colombia como mediador regional y evidenció los costos de intentar una política exterior autónoma en un entorno de alta presión geopolítica.
2026: cuando la diplomacia se vuelve electoral
De cara al último año de gobierno de Petro y a las elecciones presidenciales, la relación con Estados Unidos dejó de ser un asunto exclusivo de cancillerías para convertirse en tema central del debate político interno.
Trump emerge como un actor indirecto en la campaña colombiana. Su visión de un aliado “operativo” —alineado en seguridad, migración y libre mercado— contrasta con el proyecto de Petro y será usada tanto por la oposición como por el oficialismo para construir narrativas electorales.
Expertos advierten que Washington observará con atención el perfil del próximo presidente colombiano, privilegiando a quien garantice cooperación estricta en narcotráfico, control migratorio y estabilidad para la inversión.
Una relación golpeada, pero no rota
Pese a la dureza del momento, los analistas descartan una ruptura estructural. La interdependencia económica, militar y política entre ambos países hace improbable un quiebre definitivo.
Lo que deja el 2025 es un vínculo erosionado, donde la cooperación técnica fue desplazada por la confrontación ideológica y donde cada decisión tomada en Bogotá o Washington tiene consecuencias directas para la economía, la seguridad y la posición internacional de Colombia.
El 2026 será decisivo para definir si esta relación entra en una fase de recomposición o si las fricciones se profundizan en un escenario electoral cargado de incertidumbre.









