Cada Viernes Santo, en el municipio de Santo Tomás, se revive una de las tradiciones más impactantes y controversiales de la Semana Santa en el país: la de los flagelantes, un ritual de penitencia que mezcla fe, sacrificio y dolor.
Se trata de una práctica con más de 200 años de historia, en la que decenas de hombres recorren la llamada “calle de la Amargura” mientras se azotan la espalda como forma de cumplir promesas religiosas, pedir milagros o agradecer favores concedidos.
Durante el recorrido, los penitentes —con el torso desnudo y el rostro cubierto— utilizan la llamada “disciplina”, un látigo elaborado con cuerdas que en sus extremos tiene bolas de parafina. Con cada golpe, buscan recrear el sufrimiento vivido por Jesucristo durante su camino hacia la crucifixión.
A lo largo del trayecto, que supera los dos kilómetros, los flagelantes avanzan descalzos bajo el intenso sol caribeño, deteniéndose en siete cruces donde rezan y continúan con el ritual. Son acompañados por los llamados “picadores”, quienes realizan pequeñas incisiones en la piel para evitar la coagulación de la sangre y, al mismo tiempo, desinfectan las heridas.


La tradición establece reglas precisas: avanzar siete pasos y retroceder tres, repetir los azotes de izquierda a derecha y realizar siete incisiones, en alusión a las siete frases pronunciadas por Cristo en la cruz.
Este acto, aunque profundamente arraigado en la cultura local, no cuenta con el aval de la Iglesia católica, que ha cuestionado estas prácticas por considerar que atentan contra la integridad física. Sin embargo, continúan realizándose amparadas en la libertad de culto y tradición.
Además de los flagelantes, existen otras formas de penitencia en la zona. Algunas mujeres practican el llamado “brazo de la amargura”, mientras que otros fieles cargan pesadas cruces o visten como nazarenos.

La costumbre tiene raíces europeas y llegó a América Latina durante la colonia como parte de los procesos de evangelización. Con el paso de los siglos, se consolidó en poblaciones del Atlántico como una expresión única de religiosidad popular.
Hoy, esta tradición no solo convoca a creyentes, sino también a curiosos y turistas que cada año llegan para presenciar este ritual que, entre la fe y el dolor, sigue marcando la identidad cultural del Caribe colombiano.









