Por: Yasher Bolívar Pérez
El derbi catalán en el RCDE Stadium fue un ejercicio de resistencia, tensión y paciencia. Durante más de 80 minutos, el Espanyol sostuvo un plan competitivo casi impecable, presionando alto, saliendo con claridad y generando las ocasiones más claras del primer tiempo, todas neutralizadas por un Joan García decisivo. El Barcelona, dominante en posesión pero espeso en ideas, encontró enormes dificultades para traducir el control del balón en profundidad real.
El punto de inflexión llegó desde el banquillo. Con las entradas de Pedri, Dani Olmo y Robert Lewandowski, el equipo de Flick ganó pausa, criterio y colmillo. Cuando el partido parecía inclinarse por desgaste más que por fútbol, el Barça se inventó una transición letal: Fermín rompió líneas, Olmo ejecutó con una precisión quirúrgica y abrió un marcador que hasta entonces había sido una frontera infranqueable.
Ya en el añadido, con un Espanyol que no bajó los brazos pero acusó el golpe, Lewandowski sentenció con una definición de jerarquía tras otra acción de potencia y lectura de Fermín. El marcador final no refleja del todo el equilibrio ni la exigencia del encuentro, pero sí confirma una constante: en partidos cerrados, el Barcelona sigue encontrando en su talento individual la llave para decidir cuando el tiempo se agota.








