Por: Yasher Bolívar Pérez
El empate 1-1 entre Junior de Barranquilla y Palmeiras en la Copa Libertadores dejó un debate que trasciende el resultado: el estado del terreno de juego del estadio Jaime Morón de Cartagena. Lo que debía ser una vitrina internacional terminó cuestionado por protagonistas de ambos equipos, quienes coincidieron en señalar las deficientes condiciones del gramado como un factor que incidió directamente en el desarrollo del partido. En un torneo donde cada detalle cuenta, la cancha —escenario y juez silencioso— terminó siendo protagonista.
Jugadores como Jhon Arias no ocultaron su sorpresa ante un campo con desniveles visibles y un césped alto que dificultó la circulación del balón. Desde el banquillo, el técnico de Palmeiras, Abel Ferreira, fue más allá al sugerir que estas condiciones limitaron el despliegue futbolístico de su equipo. Incluso desde Junior, el entrenador Alfredo Arias admitió que, en varios pasajes, el estado del terreno interfirió en la dinámica del juego. La coincidencia no es menor: cuando rivales directos convergen en una crítica, el problema deja de ser percepción y se convierte en evidencia.
El traslado de la localía a Cartagena, motivado por las remodelaciones del estadio Metropolitano, abrió una oportunidad logística que, sin embargo, expone falencias estructurales.




