Por: Yasher Bolívar Pérez
El Manchester United oficializó este lunes la salida de Rúben Amorim, una decisión que pone fin a un proceso marcado por la irregularidad y la falta de resultados convincentes. El empate ante el Leeds United fue el detonante inmediato, pero el trasfondo es más profundo: una racha corta sin victorias claras y un equipo que nunca logró consolidar una identidad competitiva acorde con la historia y las exigencias del club.
La etapa del técnico portugués estuvo condicionada desde el inicio por el peso de una temporada anterior calificada como la peor del United en décadas. Aunque la directiva apostó por respaldarlo con una fuerte inversión en fichajes, el rendimiento no mejoró de forma sustancial. El equipo siguió mostrando limitaciones tácticas, especialmente por la rigidez de un sistema que Amorim no consiguió adaptar al contexto de la Premier League, y quedó lejos de pelear los primeros lugares.
Con esta salida, el United vuelve a enfrentarse a una pregunta recurrente desde la era post-Ferguson: cómo reconstruir un proyecto deportivo estable en medio de la presión inmediata por resultados. Más allá del costo económico del despido, la decisión refleja un club atrapado entre la urgencia y la nostalgia, aún en búsqueda de un rumbo claro que lo devuelva a la élite del fútbol europeo.









