Por: Yasher Bolívar Pérez
La última jornada de la NBA dejó al descubierto una tensión cada vez más evidente entre espectáculo y desgaste físico. El duelo entre Warriors y Thunder prometía ser uno de los grandes atractivos, pero la ausencia de Stephen Curry, junto a las de Jimmy Butler y Draymond Green, desdibujó el partido y evidenció un problema estructural: las principales figuras de la liga se están perdiendo encuentros clave por lesiones o gestión de cargas, privando al aficionado del nivel de excelencia que sostiene el negocio.
El fenómeno no es aislado. Victor Wembanyama vuelve a ser dosificado tras encender las alarmas por molestias en la rodilla, mientras Nikola Jokic, quizá el jugador más determinante del presente, estará al menos un mes fuera por una hiperextensión que pudo ser mucho peor. Cada baja de este calibre no solo debilita a una franquicia, sino que altera la competitividad de la liga y rompe la continuidad narrativa que convierte a las estrellas en referentes globales.
Paradójicamente, este desgaste convive con cifras récord de audiencia. El ritmo de juego es más alto que nunca, las exigencias físicas se multiplican y el calendario no concede tregua, pero el interés comercial sigue en ascenso. La NBA parece avanzar sobre una paradoja inquietante: cuanto más corre el espectáculo, más frágiles se vuelven sus protagonistas, y la pregunta de fondo ya no es cuántos puntos se anotan, sino cuánto tiempo podrán sostener ese ritmo sin pagar un precio mayor.








