Por: Yasher Bolívar Pérez
Tadej Pogacar volvió a convertir el Tour de Flandes en un escenario a su medida: exigente, impredecible y, finalmente, dominado con autoridad. El esloveno, de 27 años, conquistó su tercer título en esta clásica monumental tras un recorrido de más de 278 kilómetros entre Amberes y Oudenaarde, en una jornada donde la resistencia física se mezcló con la inteligencia táctica. No fue solo una victoria; fue una reafirmación de jerarquía en el ciclismo mundial, una demostración de que su ambición no se conforma con ganar, sino con marcar época.
El momento decisivo llegó donde suelen escribirse las gestas: en el tercer paso por el Viejo Kwaremont. A falta de 18 kilómetros, Pogacar lanzó un ataque quirúrgico, medido, casi anunciado, pero imposible de contener. Mathieu van der Poel, su principal rival, resistió lo que pudo, pero terminó cediendo ante un ritmo que no daba tregua. A partir de ahí, la carrera se convirtió en un monólogo del esloveno, quien pedaleó en solitario hacia la meta, ampliando diferencias y dejando claro que su victoria no dependía de errores ajenos, sino de su propia superioridad.
Con un tiempo de 6 horas, 20 minutos y 7 segundos, y una media cercana a los 44 km/h, Pogacar cruzó la meta con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho historia. Van der Poel llegó 33 segundos después, exhausto, mientras Remco Evenepoel completó el podio en casa. Más allá de los números, queda la sensación de estar ante un ciclista que no solo gana, sino que redefine los límites de su disciplina. En Flandes, Pogacar no compitió: gobernó.









