Por: Yasher Bolívar Pérez
Italia ha dejado de ser noticia por su fútbol y ha pasado a serlo por su fracaso. La eliminación ante Bosnia y Herzegovina en el repechaje al Mundial 2026 no irrumpe como un accidente aislado, sino como la reiteración de un patrón: errores en momentos decisivos, fragilidad emocional bajo presión y una preocupante incapacidad para sostener procesos deportivos coherentes. La azzurra, cuatro veces campeona del mundo, ya no compite contra rivales; compite contra su propia descomposición.
El punto de quiebre en este episodio —la expulsión de Alessandro Bastoni— no es más que un síntoma de una enfermedad más profunda. Italia ganaba, controlaba y administraba, pero volvió a desmoronarse cuando el contexto exigía carácter. Y ahí surge la paradoja: una selección históricamente reconocida por su rigor táctico y fortaleza mental hoy naufraga en la indisciplina y la ansiedad. No es solo una derrota, es una narrativa repetida; no es solo un partido, es una década perdida.
Tres Mundiales consecutivos sin Italia no pueden explicarse desde la casualidad. Se trata de una crisis institucional, formativa y competitiva que el título de la Eurocopa 2021 apenas logró maquillar. Mientras otras potencias renuevan sus estructuras, Italia parece atrapada entre la nostalgia de su grandeza y la incapacidad de reinventarse. La pregunta ya no es cómo quedó fuera, sino cuándo volverá a estar realmente dentro. Porque en el fútbol, como en la historia, lo que no se transforma, desaparece.









