Por: Yasher Bolívar Pérez
La polémica alrededor de James Rodríguez y Néstor Lorenzo no debería reducirse a un simple reparto de culpas, pero tampoco puede diluirse en evasivas. Si el capitán de la Selección Colombia jugó enfermo —y terminó hospitalizado por una severa deshidratación—, lo que está en discusión no es solo una decisión puntual, sino una cadena de responsabilidades que atraviesa al jugador, al cuerpo técnico y al entorno médico. Porque en el alto rendimiento, competir no siempre es sinónimo de estar en condiciones; y confundir una cosa con la otra puede salir caro.
Resulta difícil sostener que nadie lo sabía. Si James estaba comprometido físicamente, alguien debió advertirlo, alguien debió frenarlo. Y si lo sabían y aun así jugó, la pregunta se vuelve más incómoda: ¿qué pesa más, el nombre en la camiseta o la salud del futbolista? Aquí emerge una paradoja recurrente en el fútbol colombiano: se exige liderazgo al capitán, pero ese liderazgo termina empujándolo a forzar límites que no debería cruzar. Ni el jugador puede decidir solo, ni el técnico puede mirar hacia otro lado, ni el cuerpo médico puede ser un actor secundario en decisiones de esta magnitud.
Pero también hay un componente estructural que no se puede ignorar. La Selección sigue orbitando alrededor de James, incluso cuando su presente físico genera dudas. Se le necesita, se le exige, se le sobrecarga. Y en esa dependencia, el margen de error se estrecha peligrosamente. ¿Fue irresponsabilidad? Probablemente sí, pero compartida. Porque cuando un sistema empuja a su figura a competir al límite de su salud, el problema deja de ser individual y se convierte en colectivo. Y ahí, más que buscar culpables, lo urgente es corregir un modelo que, una vez más, parece llegar tarde.









