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No aclare, que oscurece: senador electo Orlando De La Hoz trató de justificar la andanada de vulgaridades contra Abelardo De La Espriella, calificándolas como “realismo popular”
El senador electo Orlando De La Hoz intentó disfrazar de “realismo popular” un insulto vulgar contra Abelardo De La Espriella. Pero detrás de la supuesta rebeldía costeña no hay profundidad política ni valentía intelectual: hay pobreza argumentativa envuelta en grosería barata.
Decir que “la lengua la crea el pueblo” para justificar una vulgaridad no convierte el insulto en pensamiento. Lo único que demuestra es que De La Hoz confunde calle con cloaca. En la Costa Caribe existe franqueza, humor y carácter, pero reducir toda una identidad cultural a la ordinariez es una falta de respeto con millones de personas que saben expresarse sin necesidad de embarrar el debate público.
Peor aún fue usar a Gabriel García Márquez como escudo literario. García Márquez defendía la riqueza del idioma, no la decadencia verbal de políticos incapaces de sostener una discusión sin acudir a insultos de cantina. Entre liberar el lenguaje y degradarlo hay un abismo que De La Hoz parece incapaz de comprender.
Su discurso sobre la “asimetría moral” también se derrumba solo. Nadie cuestiona el acento caribeño ni la espontaneidad popular. Lo que genera rechazo es que un senador electo crea que la vulgaridad reemplaza las ideas y que el insulto puede pasar por argumento político. La estrategia es vieja: agredir primero y luego victimizarse hablando de censura cultural.
La realidad es más simple y más demoledora: cuando un dirigente necesita gritar vulgaridades para llamar la atención, lo que exhibe no es autenticidad sino vacío. Y cuando la política cae en manos de quienes convierten la grosería en doctrina, el debate público deja de parecer una democracia y empieza a parecer una pelea de borrachos en una tienda de barrio.








