Opinión

Érase una vez Venezuela, primera parte. Crónicas de Tarquino Pacheco Camargo

A finales de la década de los 60, e inicio de los años 70, los barranquilleros de los barrios populares y los jóvenes de los municipios del sur del Atlántico, Bolívar y Magdalena, viajaban por la trocha colombo/venezolana. Llegaban a Carraipía y en un largo recorrido por terrenos inhóspitos, atravesaban la frontera hasta llegar al municipio Guajira, del Estado Zulia, de allí pasaban a Maracaibo, para luego en un largo camino lleno de alcabalas (puntos de control) de la PTJ, Policía de esa nación, intentar llegar a la capital, Caracas.

Eran miles los coterráneos que hacían esa travesía como en una especie de éxodo, atraídos por la riqueza y dinero en abundancia que ofrecía Venezuela, la tierra prometida, era en busca de una mejor calidad de vida y un futuro promisorio.

En nuestro país las oportunidades de estudiar y trabajar eran escasas, a lo sumo terminaban la primaria, ingresaban a laborar a una de las pocas fábricas e industrias existentes en la ciudades capitales; los que culminaban el bachillerato, que eran muy pocos, acababan como empleados de bancos, oficinas, almacenes de ropa o de vendedores de electrodomésticos; otros no tan afortunados, se iban para las esquinas, donde los esperaba un tabaco de marihuana y las pepas jumbo, era el inicio de una carrera delincuencial, a muchos jóvenes de mi barrio los vi perderse en el mundo de las drogas, convertidos en peligrosos bandidos, terminaban con la boca llena de hormigas, apuñalados por sus propios cómplices o ejecutados por la policía con varios tiros en la cabeza.

Era común enterarse por los comentarios en las esquinas del barrio que algún vecino desesperado, golpeado por el desempleo había tomado la decisión de marcharse para el vecino país, en busca de soluciones, el hambre, con ellas las enfermedades y en ocasiones la muerte, tocaban las puertas de las casas lindantes a la mía. Al recordar varios rostros de amigos que viajaron para la época, se le notaba que era una forma de huirle a los cientos de problemas que los agobiaban la ausencia del dinero. Así muchos dejaron atrás a los suyos, abrazados unos a otros los  familiares lloraban la partida del ser amado a unas tierras desconocidas. Era un duelo que duraba hasta el próximo retorno, estos ires y venires, se convirtieron en parte de nuestras rutinas y vivencias de mi calle, la cual a fin de año, se llenaba de efímera alegría por la visita de los “venecos”, forma jocosa de llamarlos cuando regresaban, venían hablando con el acento, modismos y dichos de los maracuchos, siendo el más común <cónchale vale>.

Aún recuerdo y me lleno de nostalgia, al escuchar las canciones de la Billos Caracas Boys, Nelson Henríquez, Nelson y sus Estrellas y Pastor López, eran de los pocos momentos felices; cuando se agotaban los ahorros de largos meses de trabajo, se devolvían con escaso equipaje y pocos pesos. Muchos no regresaron a la 70C de San Felipe, formaron otros hogares o simplemente desaparecieron como si se los hubiese tragado la tierra, olvidándose por completode quienes habían dejado atrás, mi familia no fue la excepción, en abril del 70 murió papa Sixto, generando un cisma en la casa de mis abuelos maternos, a la muerte años atrás de mamá Ana, decidió convivir con tres de sus cuatro hijas, todas separadas y con hijos, los Insignares, Rubio,Pardo, Olave y Pacheco, nos criamos como hermanos, todo lo compartíamos, él era el sostén de la casa, la pensión que recibía de puertos de Colombia era el mayor ingreso familiar, al dejar de percibirse ese dinero, el caos fue total, nuestras madres, salieron a buscar empleo, repartieron solicitudes de trabajo por todas las industrias que funcionaban en la ciudad, sin ningún resultado.

Mi tía Elodia fue la primera que partió a Venezuela, dejando en la casa al cuidado de mi madre, a sus tres hijos, pasados los años, regresó por ellos, Juan y Ana, volvieron a Barranquilla en varias ocasiones, Jorge era el mayor de los Insignares, de quien fui su confidente y amigo, a pesar de nuestra diferencia de edades, él tenía veinte años y yo nueve, le conocí todas sus aventuras con vecinas, compañeras de estudio de su hermana, en fin era un verdadero galán, su alta estatura, rasgos físicos y carisma le facilitaban su labor de conquistador. Fui el único familiar que lo acompañó a su matrimonio a escondidas con Margarita Salas, quien al enterarse que se iba en pocos días para Caracas, lo amenazó con revelarle a su papá que se encontraba con varios meses de embarazo, se casaron el día anterior a su viaje, con el compromiso de que en poco tiempo él vendría por ella, aún recuerdo ese momento, es la última imagen que tengo de él. Durante varios años todas las semanas Margarita pasaba acompañada con el bebé por la casa de mis abuelos con la esperanza de algún recado de la promesa de su viaje, para reencontrarse con su amado.

Jorge nunca regresó, no conoció a su hijo que lleva su nombre y no cumplió su promesa, se olvidó totalmente de ella, inmerso en las comodidades que las mujeres venezolanas le ofrecían,gracias a la reputación de ser poseedor de una gran asta viril. Muchos años después, me enteré que murió en un accidente terrestre en la carretera que conduce de Washington a New York, donde residía con su esposa, una ciudadana americana, la última de sus conquistas.

El ruido del llanto de mis hermanos me despertó, al abrir los ojos, no encontré a mi madre al lado de la cama, desde que se separó de mi padre, dormíamos juntos, sentí un vacío en mi corazón, como si presagiara una noticia que cambiaría mi mundo, el cual se circunscribía fundamentalmente a sus actividades, todo el tiempo pasaba a su lado. Pregunté por ella, mi tía Carmen, quien a partir de ese día se constituiría en mi segunda progenitora y protectora, me dijo con voz suave, dándome una explicación que a pesar de mi edad, escasos nueve años, comprendí. Aún lo recuerdo como si fuera hoy “desde que murió papá, las cosas están difíciles, la plata no alcanza, por no pagarle a tiempo a los Lozano, los de la tienda nos suspendieron el crédito. Dejamos de hacer las tres comidas al día, por eso en las tardes comemos una sola vez”. Se quedó pensando, sin muchos rodeos, expresó: “Tu mamá se tuvo que ir para Venezuela, esta madrugada mientras dormías, no te dijo nada para que no lloraras, se fue a trabajar para ganar en bolívares, me va a girar para los alimentos, ropa, medicinas y demás gastos, yo me haré cargo de ustedes”.

Transcurridos más de dos meses, a la puerta de la casa llegó una moto parecida a las que usaban los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial, llevaba un compañero al lado izquierdo, ¡carta!, <gritó>, todos salimos de los cuartos, era una novedad, después pasaban cada mes y dejaban un sobre de Telecom el cual anunciaba –llegó giro- las visitas de los mensajeros, se volvieron rutinarias, al punto que se hicieronamigos de la familia.

Las cartas que mamá enviaba contaban lo hermoso que era Caracas, la capital de Venezuela, era el Paris de Sur América, refería anécdotas de sus recorridos desde la Guaria (Catia la mar), hacia la estación del metro subterráneo que la llevaría a donde la Portuguesa, quien le recibía las costuras semanales de los pantalones que hacía junto a mi tía en el taller de modistería que funcionaba en la casa donde residían, ese fue su periplo permanente durante años. Se sorprendía por el desarrollo de esa nación, describía las inmensas autopistas, parecidas a una gigantesca telaraña, atravesando la Serranía del Ávila, en cuya falda se expande la ciudad, de lejos divisaba las hermosas y lujosas mansiones de los millonarios de ese país, también los altísimos edificios que desde la distancia, parecían enormes hombres que se trepaban por la montaña, en un enorme contraste, en el mismo lugar se levantaban casuchas de ladrillos, cemento y otras de materiales reciclados incrustadas entre las edificaciones y encima de los túneles que están a lo largo de la carretera, todo esto en su conjunto en las noches con las luces encendidas se asimilaba a un inmenso pesebre.

Todos los diciembres durante más de diez años, mis hermanos, primos y yo, al igual que los hijos de los demás emigrantes del vecindario, esperábamos con ansiedad la llegada de nuestras madres o padres, quienes venían cargados de ropa, juguetes, bebidas, comidas enlatadas, pastas, quesos, jamones y frutos secos, en fin una cantidad de fiambres exóticos que antes de su partida no conocíamos. Traían bolívares, denominación de la moneda venezolana. Siendo ya un joven ad portas de terminar el bachillerato, las acompañaba al Banco de la República para hacer el cambio a pesos, llevábamos unos fajos, y traíamos sus carteras llenasde dinero, el bolívar tenía mayor valor que él dólar.

Nos convertimos en una especie de subestrato de mayor nivel social, éramos los chicos pupis, lucíamos los mejores zapatos y prendas de vestir, estudiábamos en colegios privados, en esos años, la educación pública paraba las actividades constantemente, a los educadores no le pagaban sus salarios y estos con justa causa, en la Asamblea del sindicato, votaban y entraban a huelga.

Varios de mis amigos superamos la aprobación de la visa, la cual se había convertido en una limitante para todo colombiano que deseara viajar por la vía legal a ese país, en el Consulado, presencié la humillación a la que eran sometidos gran número de solicitantes, vi cerrarle las puertas de sus oficinas en la cara a más de uno, le devolvían los documentos como si de basura se tratara, acompañadas de insultos, como: Hambrientos, putas, ladrones, en fin a diferencia nuestra, a la mayoría le negaron el permiso de ingreso, lloraban de frustración al no poder conocer el otro lado de la frontera, una tierra maravillosa llamada Venezuela, principalmente su capital, llamada también la sucursal del cielo, donde se forjaba fortuna rápida y todas las fantasías se hacían realidad.

Culminando tercer semestre de derecho, en enero de 1.983, viajé a Venezuela, era mi regalo aplazado de grado de bachiller, era el premio que otorgaban nuestras viejas a los que culminábamos esa etapa formativa. Mi sueño se iba a hacer realidad, era el deseo que tenía desde el mismo día que desperté y no sentí ni el calor ni el olor de mi madre, este fue el primero de las muchas veces que visité ese país, nación muy vinculada con mi familia, quienes producto de la situación adversa y desesperanza por la que atravesaba mi ralea materna, se vieron forzados a emigrar, todo esto como resultado de la muerte de mi abuelo Sixto, nuestra familia se desintegró y dispersó. Venezuela fue la tierra escogida parala realización de sus quimeras y de un mejor futuro, el cual era muy difícil de lograr en nuestra patria. Gran número de mis parientes se quedaron y echaron raíces, razón por la cual, tengo sobrinos, hermanos, primos y cuñados de esa nacionalidad.

Salimos en bus el 6 de enero en horas de la noche, llegamos a Maicao (Guajira) en la madrugada, de allí, nos embarcamos en una deteriorada camioneta, que nos llevaría a una estación en Paraguanchón, línea de frontera entre Colombia y Venezuela. Del lado del ingreso hacia el país vecino, a la intemperie, había una inmensa cola de compatriotas con maletas y pasaporte en mano, encima nuestro un sol inclemente que pareciera asarnos el cuerpo, pasamos por la ventanilla donde salía el aire frío de la oficina de extranjería, uno o dos funcionarios revisaban la legalidad del visado, pasaporte y demás documentos, mientras agentes arrogantes con perros encadenados nos olfateaban, sin distingo alguno, de adultos mayores, niños, mujeres embarazadas, todos éramos sospechosos, íbamos a su país, a llevarles cocaína, quitarles oportunidades de trabajo, generarles inseguridad, o robarles las riquezas que sólo a ellos les pertenecían, un lema que escuché con frecuencia siempre que visité ese país era: “Venezuela para los venezolanos”, al azar hacían abrir el equipaje para esculcarle las pertenencias a cualquier viajero colombiano.

En contraste los ciudadanos venezolanos, entraban a nuestro territorio como Pedro por su casa, sin ningún tipo de control, de este lado de la raya sólo mostraban su documento de identidad a un policía colombiano, eran recibidos con lujosos carros propiedad de comerciantes, la mayoría de origen árabe o del interior del país, eran trasladados al centro del municipio, de allí los llevaban a los negocios de ventas de productos de contrabando de toda naturaleza, abarrotes, licores, cigarrillos, perfumes con fragancias exclusivas, zapatos deportivos, ropa de marca, en fin todo lo que se nos pueda ocurrir, se conseguía en Maicao. Eran atendidos como verdaderos reyezuelos, se comportaban como una especie de privilegiados hijos de Dios, lo único que les faltaba era que le tendieran la alfombra roja, venían cargados de bolos, -sinónimo de dinero en abundancia-, era común ver que compraban por docena.

Pasamos el primer control. Mamá y yo, subimos a los denominados carritos, eran unos vehículos largos y amplios, que trasportaban pasajeros desde la raya hasta la terminal de transporte en Sinamaica (Zulia), allí tomábamos un microbús conocido como Minivan que nos llevaría hasta Maracaibo, durante el trayecto me llamó la atención la forma en que se movilizaban los Wayúu, siempre en caravanas, en unas Ford Ranger 300 con carrocerías de madera, iban prácticamente uno encima del otro, hasta en el techo de la cabina iban encaramados, cargados con bultos de arroz, yuca, sacos de maíz, gallinas, cerdos y chivos amarrados a lo largo de la parte trasera del carro, eran los dueños del camino, viajaban a altas velocidades, era un verdadero espectáculo observarlos, para ellos no existía autoridad.

No recuerdo con exactitud cuántas veces en el camino hicieron detener el automóvil en el que transitábamos, en todos se repetía el mismo procedimiento: Debíamos bajarnos y someternos a las requisas de nuestros equipajes. Los agentes policivos se mostraban severos y estrictos, tanto que nos hacían temblar de miedo, cambiaban su actitud cuando el conductor discretamente le pasaba en la mano un rollo de bolívares que previamente recogía de los colombianos que estaban a bordo, esto se repitió durante todo el trayecto, era la primera vez que viajaba al extranjero, pensé que era algo normal, no sólo el hecho de agachar la cabeza en señal de sumisión, también aguantarles insultos, las mujeres debían someterse al manoseo de la autoridad y permitir que les esculcaran hasta el alma, a pesar de todo este abuso, adicionalmente había que pagarles, todas estas acciones encaminadas hacia nosotros, me hicieron sentir como ciudadano de menor categoría.

Rendido por el cansancio caí dormido, las voces de exclamación de mis compañeros de viaje, me hicieron despertar precisamente cuando empezábamos a subir el puente colosal que atraviesa de punta a punta un lago inmenso, cuerpo de agua que penetra en Sur América, como una extensión del Mar Caribe. ¡Llegamos a Maracaibo!, eran los gritos de alegría, mi madre y yo, nos abrazamos, recuerdo que me dijo al oído: “Quería que vinieras y conocieras, no todo lo que te cuentan los vecinos que regresan, es verdad, aquí nos discriminan, humillan, excluyen, no remuneran bien nuestro trabajo, a los que están ilegales los ponen a trabajar como burros, después los denuncian para no pagarles”. En esta oportunidad mi paso por la capital del Zulia fue fugaz, en la terminal de trasporte, nos esperaba mi primo hermano Juan con su padre de crianza, a quien nos enseñaron a decirle tío Oswaldo, ciudadano venezolano, trabajador y sindicalista del Puerto La Guaira, con quien mi tía Elodia, se había unido, conformando un hogar, acogió a los tres hijos de ella como suyos. Nos ofreció unas arepas maracuchas de reina pepiada, junto con una chicha de arroz, antes de abordar el bus expreso, logré leer un anuncio publicitario de una campaña presidencial, el cual estaba borroso por efectos del paso del tiempo <Luis Herrera arregla esto>, como un collage en la parte de atrás de la valla, se veía la imagen del ex presidente Carlos A. Pérez, como si me leyera la mente y anticipándose a mí pregunta el tío Oswaldo, frunció sus cejas y expresó, en forma de protesta, repudio y molesto: “Herrera del Copei, Pérez de Acción Democrática, cualquiera que llegue va es a robar, todos son unos coño de su madre bandidos”.

Al escribir esta primera parte de la crónica “Erase una vez Venezuela”, recuerdo ese simple y certero comentario de un veterano sindicalista. Concluyo, que la tierra prometida, estaba abonada para la llegada de un populista Mesías.

 

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